En la fachada del edificio que actualmente sirve como Museo Arqueológico de la ciudad de Granada se puede observar un balcón tapiado con la inscripción "Esperando la del cielo".Esta es la historia de ese balcón y los fenómenos que se han producido alrededor del mismo.
LA DAMA DE LA CASA DE CASTRIL
La Casa de Castril, situada en la Carrera del Darro, es uno de los edificios de Granada más conocidos y a ello contribuyen, mas que sus valores artísticos o el hecho de que sea la sede del Museo Arqueológico Provincial, sobre todo, la existencia de una leyenda que pesa sobre el lugar.
Es una historia trágica en la que bien podría estar, en opinión de quiénes frecuentan, por su trabajo, el edificio, la causa de una serie de fenómenos de naturaleza desconocida detectados en el citado palacio. Por ejemplo, una trabajadora del Museo, a quien llamaremos M. C., asegura haber sido testigo, en el verano de 1998, de la aparición de una mujer joven y alta, de pelo largo y rizado, que poseía una gran belleza, una Dama Blanca cuya visión le proporcionó mucha paz.
El Palacio, terminado de edificar en 1539, se asienta posiblemente sobre un antiguo palacio de un notable árabe, de los muchos que había en esa calle del barrio musulmán de los Axares, antes de la conquista cristiana. En cualquier caso, los Reyes Católicos concedieron a su secretario, Hernando de Zafra, señor de Castril, el privilegio de edificar en tan destacado lugar, frente a la Alhambra, su residencia. Querían así pagar los desvelos y fidelidad que había derrochado el de Zafra en la rendición de la
capital nazarí, cuando no sólo se convirtió en intermediario de ambos bandos sino que, además, tuvo el valor suficiente de arriesgar su vida penetrando en la Alhambra para que Boabdil firmara las capitulaciones. De hecho, ésta es la causa de Isabel y Fernando otorgaran al señor de Castril como escudo de armas la torre de Comares, la cual figura en el dintel de la puerta que da acceso a su palacio. Todo aquél que se haya parado a observar con detenimiento la fachada del edificio habrá observado que en ella destaca
un detalle extravagante, inusual en un tipo de arquitectura que tendía a reproducir las formas clásicas. A la derecha del cuerpo superior, resalta un balcón ciego, cuya característica más curiosa es que está construido haciendo esquina. Sobre este balcón se ve escrito en grandes caracteres el lema "Esperando la del cielo".
Alrededor de esta frase gira la historia que comenzó algunos años después de la conquista de la ciudad cuando habitaba el palacio uno de los descendientes del que fuera secretario de los Reyes Católicos, de igual nombre que él. Este señor de Castril era viudo y con él habitaba el palacio su hija Elvira, de apenas dieciocho años de edad y gran hermosura. Se cuenta que el excesivo celo del padre por preservar limpio el honor de su hija era
causa de que la bella Elvira permaneciera encerrada en el palacio a todas horas, lo cual no le impidió enamorarse de un joven apuesto, don Alfonso Quintanillo, perteneciente a otra familia linajuda de la ciudad, pero enemistada con los de Zafra. Contaban los amantes con la complicidad del capellán de la Casa de Castríl, el padre Antonio, que protegía su querencia, y con la de un pajecillo, más joven aún que ellos, quien se había convertido en correo de sus mensajes de amor.
La leyenda asegura que una noche, en que Elvira estaba acompañada del inocente pajecillo, leía una carta de su amado en la que éste le proponía, previa unión de ambos en santo matrimonio a manos del padre Antonio, salir de Granada en dirección a Málaga para escapar del celo del señor de Castril. Entre suspiro y suspiro, Elvira leía la carta mientras acariciaba inocentemente los bucles del cabello del joven pajecillo, como hubiera podido hacer con cualquier perrillo fiel. Tan melancólico estaba su ánimo, tan descuidada
se hallaba que no pudo advertir que su padre, contrariamente a lo que era habitual, había decidido acercarse esa noche hasta los aposentos de su hija, de modo que la sorprendió tan cerca del joven paje que no se paró en pensar otra cosa sino que éste había ya mancillado la honra de la bella Elvira.
El señor de Castril sintió entonces doblemente pisoteado su honor, no sólo por creer desflorada ya a su hija, sino porque quien lo había hecho no era nadie, es decir era el más insignificante de sus vasallos. Olvidaba de este modo que su antepasado, el que fuera secretario de los Reyes Católicos y al que debía todo cuanto tenía, era un simple plebeyo antes de alcanzar el alto rango del que disfrutó. Hernando de Zafra se sintió completamente cegado por la ira y, sin preguntar nada, sin pararse a pedir explicación
alguna, fue en busca del criado que le servía de verdugo. Mientras tanto, Elvira, que había caído desmayada, era cuidada por el joven paje, que prefirió noblemente quedarse a su lado antes que emprender la huida. Volvió don Hernando en busca del paje y, una vez lo tuvo en sus manos creyó que nada podría reparar el deshonor que creía haber sufrido salvo la vida de aquel osado plebeyo. Ordenó entonces a su sayón que lo ahorcara allí mismo, colgando del balcón de la habitación donde se hallaban, el mismo balcón
esquinado al que nos hemos referido anteriormente.
El joven paje, alegando inocencia, demandó desesperadamente justicia y clemencia al señor de Castril, a lo que éste contestó con macabra ironía, mientras su súbdito era colgado: "Pide cuanta justicia quieras.Ahí ahorcado puedes estar esperando la del cielocuanto tiempo te plazca". Dicho esto, el señor de Castril ordenó,según la leyenda, tapiar el balcón.
Detalle de la entrada a la torre. Actualmente permanece cerrada junto a un cartel que avisa de que el sitio no es seguro.
Las versiones dan continuación a la historia. Una de ellas cuenta que, pese a todo, doña Elvira pudo disfrutar al fin del amor de don Alfonso, con lo que esta historia acaba demasiado bien, según se nos antoja, dado el encendido carácter del padre de la doncella.
Por ello preferimos otra versión, según la cual, una vez sucedido el crimen, el señor de Castril extremó la vigilancia sobre su hija, quien, a partir de entonces, no pudo ver a nadie si no era con autorización de su padre. Esto hizo tan insoportable la existencia a la joven, que ésta, en un descuido, acabó con su vida envenenándose, o tal vez arrojándose a un pozo, o según otra versión optando por el mismo método con el que había sido muerto el pajecillo: la horca, cuestión ésta de cómo sucedió el suicidio que
no queda clara pero que, en cualquier caso, añade leña a la tragedia. Sí aceptamos este final, podría incluso revisarse toda la historia, lo que nos llevaría a pensar que Elvira y el joven paje eran, en realidad, amantes. ¿Qué podía estar haciendo un joven apuesto en los aposentos de su ama a horas tan intempestivas? Si damos por buena esta suposición las sospechas del padre tenían fundamento. Lo que, por supuesto, en modo alguno justificaría tan expeditiva venganza.
Pese a que hay opiniones escépticas, como la expresada por Gómez Moreno, quien califica la leyenda como fruto de "consejas inverosímiles" que algunos de sus contemporáneos (finales del siglo XIX) quisieron pasar por tradición cuando no eran sino fabulaciones suyas, lo cierto es que hoy es una de las más conocidas dentro del abigarrado conjunto de historias populares granadinas. Por eso, como hemos señalado anteriormente, hay quien la da tan por cierta, que atribuye a esta triste historia el factor
desencadenante de una serie de fenómenos sucedidos en la Casa de Castril, para los que, en principio, no se encuentra explicación lógica.
De hecho, si hay sala considerada especialmente misteriosa en el Museo Arqueológico ésta es la de la época romana, es decir, la zona del piso superior en la que, según la leyenda, estaban las habitaciones de Elvira y, por tanto, el misterioso balcón que fue cegado. De esta sala se dice que por ella pasea una extraña mujer portando una vela. También se asegura que, cuando se recorre en solitario, puede notarse a las espaldas el aliento del
llamado "Togado de Periate", una escultura que preside la sala y, en determinados momentos, parece vigilar con su mirada de bronce a quien pasea a su lado. Algunos visitantes aseguran haber percibido en el museo una sensación envolvente, que les producía inquietud y pesados zumbidos en la cabeza, que parecían incrementarse en esta sala romana.
Pero, sin más preámbulos, detallaremos ahora los testimonios de algunos de los trabajadoresy vigilantes del Museo. El hecho principal que vamos a contar tiene como protagonista a la ya citada M.C., que asegura haber asistido a una aparición en la Casa de Castril. Todo comenzó una tarde en que M. C. se sintió enferma, de lo cual era buena prueba la alta fiebre que en ese momento la afectaba. Lejos de aceptar los consejos de sus compañeros, que la impelían a tomar la baja y retirarse a su casa, se dirigió a una
dependencia que sirve de oficina, intentado sobreponerse. Pero la fiebre, lejos de remitir, iba en aumento y se acercaba ya a los cuarenta grados. En ese momento, cuando se encontraba en un estado de duermevela, observó la figura de una joven y bella muchacha rubia a su lado, que le ofrecía una sonrisa balsámica. M. C, lejos de asustarse, se sintió más tranquila e incluso llegó a rogarle a la extraña aparecida que le diera protección y cuidara de su salud, A este ruego respondió la bella joven que así lo haría.
A partir de ese momento, M. C. notó una sensación de gran tranquilidad y paz que iba a ser el preludio de una notoria mejoría. Poco más tarde, cuando sus compañeros acudieron a la sala donde se hallaba para convencerla de que abandonara ese día el trabajo, la encontraron bastante recuperada. La fiebre había remitido espectacularmente y M. C. no aceptó las rogativas de sus compañeros, alegando que se encontraba mucho mejor, lo suficiente como para realizar normalmente sus tareas, hecho que los demás constataron
de inmediato en su rostro, cuyo aspecto había mejorado ostensiblemente. Además, a lo largo de la tarde su recuperación fue cada vez a mejor, de forma que la fiebre que la afectaba había prácticamente desaparecido. En poco más de una hora su temperatura descendió a treinta y siete grados. EI día después y los siguientes continuó encontrándose bien, lo cual resultaba extraño pues su dolencia se debía a una enfermedad que se le producía regularmente cada cierto tiempo y se prolongaba siempre a lo largo de tres días.
Esta mal fue diagnosticado como enfermedad yatrogénica, es decir, adquirida en un hospital, circunstancia que la convierte en sumamente resistente a cualquier tratamiento. A este respecto, tenemos que comentar que M. C., intrigada por las circunstancias de su encuentro, quiso realizarse un análisis médico exhaustivo. Como consecuencia de ello, averiguó que el virus que la afectaba había remitido, como si la enfermedad no la afectara ya, al menos, de forma tan intensa como antes. Ella atribuyó ese nuevo estado
de salud inesperado como consecuencia de las supuestas facultades curativas de la Dama Blanca. Un hecho curioso, relacionado con la misma estancia donde M. C. asegura haber sido testigo de la aparición, tiene que ver con el sistema de alarma del edificio. Al parecer, unas horas antes de sucedida ésta, el dispositivo de alarma se disparó indicando que en ese lugar había indicios de incendio. Todo ocurrió cuando el museo ya estaba cerrado. M. C., como encargada de este tipo de emergencias, hubo de acudir en plena noche a la Carrera
del Darro, a donde ya la esperaba la Policía. Una vez dentro del Museo no fue detectada ninguna anomalía, ni rastro de incendio en todo el edificio, mucho menos en la zona señalada por la alarma. Nunca había sucedido nada parecido. Pero, además, unos días más tarde, volvió a producirse un hecho similar, aunque en esa ocasión la alarma señaló indicios de un incendio en un almacenillo situado en la sala IV, colindando con el balcón tabicado donde la leyenda asegura que fue ahorcado el paje. Este lugar, para algunos,
pudo haber servido de espacio de emparedamiento de la víctima. Al margen de esta leyenda, hay un dato cieno: los trabajadores del Museo guardan una especial prevención, como se ha dicho, a la sala IV o sala de romanos y, dentro de ésta, especialmente al citado almacenillo.
LA CASA DE LA TORRE
Pero quizás más misteriosa que el propio museo sea la llamada Casa de la Torre, un edificio anejo al palacio de Castril. La Casa de la Torre, que, en su día, formó parte del vecino convento de San Bernardo, sirve para tareas complementarias al Museo Provincial y en su interior empleados y vigilantes aseguran haber oído en repetidas ocasiones ruidos de pasos, provenientes de la planta superior. En concreto, el centro de posibles
fenómenos paranormales se sitúa en una estancia de esa planta utilizada para tareas administrativas. Empleados del Museo cuentan que esta sala fue escenario de varios hechos verdaderamente extraños durante el año 1994. Por ejemplo, ocurrió que, en repetidas ocasiones, quienes trabajaban en aquel lugar encontraron, al iniciar la jornada laboral que, por causas desconocidas, la fotocopiadora había estado funcionando durante la noche. Incluso, en una ocasión se comenta que fueron encontradas entre las copias frases
incomprensibles escritas en una lengua desconocida. Un dato curioso es que, por ese mismo tiempo, la sala fue utilizada para almacenar provisionalmente viejas lápidas funerarias de origen musulmán.
En esta otra ocasión, un empleado del Museo a quien llamaremos J., tuvo que quedarse a trabajar hasta pasada la medianoche. En mitad del profundo silencio, pudo escuchar con toda claridad una serie de ruidos y golpes que le hacían suponer que alguien estaba cambiando de lugar los muebles situados en la misma sala de la planta superior a la que nos referimos
.
Una vez entró en esa estancia, no encontró ningún síntoma de desorden, nada que pareciera anormal, de modo que volvió a bajar y continuó con sus tareas. Pero, de inmediato, se reanudaron los extraños ruidos. J. perdió en ese momento los nervios y, alzando el puño en dirección a la planta superior, a voz en grito se atrevió a increpar a los posibles autores del alboroto, conminándolos a que lo dejaran trabajar en paz. A partir de ese momento,
los ruidos cesaron como si la bronca de J. hubiera surtido efecto.
Una empleada del Museo, cuya inicial es E., asegura sentirse incómoda al entrar en la sala de la que hablamos, como si algo o alguien te envolviera. Un antiguo director del Museo Provincial aseguraba que en dicho lugar mora el espíritu de quien fue una monja del vecino convento de San Bernardo. Según él, la Casa de la Torre formó parte del convento y estuvo, por tanto, comunicado directamente con él durante un largo periodo de tiempo.
M.C., testigo a la que antes hemos hecho referencia, recuerda una anécdota en la Casa de la Torre, sucedida una tarde de noviembre de 1997, cuando ya caída la noche, una aparatosa tormenta azotaba la ciudad. Los truenos, que retumbaban en el viejo edificio, hacían que ella y otra compañera se estremecieran. Pero lo que más las inquietó fue percibir en el piso superior lo que parecían pisadas, ruidos de pasos que eran acompañados de palabras, una conversación inidentificable que, sin embargo, era claramente escuchada
por ambas. Las dos mujeres impresionadas por la tormenta y los ruidos extraños que percibian, estuvieron de acuerdo en ir en busca de las llaves para cerrar el edificio. Pero, al ir a tomar las llaves, M.C. experimentaron sobre ellas mismas una sensación extraña. Los cabellos de M.C. se elevaron por encima de su cabeza y permanecieron flotando en el aire como por ensalmo. Lo más asombroso es que eso mismo sucedía con la cortina situada junto al armario donde se guardaban las llaves, que también levitaba como
si la habitación se hubiese cargado de electricidad estática. El susto fue de los que no se olvidan. Aterradas, salieron de inmediato de la Casa de la Torre sin atreverse a subir a la planta superior.
Queda, pues, en el aire la incógnita de si las posibles pisadas y conversación provenían de la sala a la que hemos hecho referencia anteriormente.
Pero ésta es una de las muchas interrogantes que encierra este viejo edilicio, cargado de historia, apegado a las márgenes del río Darro, con una enigmática leyenda a sus espaldas de la que podría ser protagonista la misteriosa y elegante Dama de Blanco.