fantasmas

Uno de los antiguos oficios más detestados por nuestra sociedad sirve como interpretación a las extrañas apariciones de un fantasma en la Real Chancillería de Granada.

 

 

EL FANTASMA DE LA REAL CHANCILLERIA

Por más que un autor tan relevante como Aristóteles, la considerara una de las más necesarias instituciones del Estado, desde siempre el oficio de verdugo ha sido vilipendiado, despreciado por todos sin excepción. Y no únicamente porque su cometido consistiese en quitar la vida a otros hombres o ejecutar toda suerte de castigos y torturas. En tiempos no tan lejanos se asociaba a este personaje con las gentes que, se decía, mantenían pactos con el diablo. El verdugo era un brujo más despreciable que cualquier otro porque proporcionaba materiales necesarios en hechicerías, prendas o partes del cuerpo de las personas a las que ejecutaba u otros objetos relacionados con los ajusticiados,
Así, la superstición popular establecía que la cuerda de los ahorcados daba buena suerte a quien la poseía, al igual que ocurría con un retazo de la hopa, o saya que portaban los reos de muerte, en el momento de su ejecución; una candela fabricada con sebo de una persona ajusticiada permitía descubrir misterios ocultos; la mandrágora, planta a la que se atribuyen todavía portentosas curaciones y propiedades mágicas como la inmortalidad, se decía que brotaba donde caían los orines de un ahorcado; cuando la disecciones de cadáveres eran una práctica reprobable y prohibida, los médicos que necesitaban cuerpos para realizar sus estudios de anatomía acudían a los verdugos para que se los proporcionaran. Y, más tarde, según la normativa que regía las ejecuciones en España en una fecha tan reciente como 1929, Ley establecía que, en caso de que el cadáver no fuera reclamado por nadie, podría ser entregado a quienes así lo solicitasen. Y evidentemente, la persona encargada de cumplir este trámite era el verdugo.
Estas y otras muchas supersticiones podían tener algo que ver con el hecho de que el pago los antiguos verdugos incluía las ropas de aquél que moría a sus manos. En tiempos en los que las ejecuciones estaban al orden d día, un verdugo podía vivir con cierta holgura, huir de la miseria a la que tenía que enfrentarse la mayoría de la población y aceptar la profesión de sus antepasados, pues, frecuentemente, era ésta una institución que pasaba de padres a hijos. Y todo ello sin demasiados remordimientos.
Si bien, en muchos casos, los verdugos han sido perfectos profesionales de la muerte que se abstraían del desprestigio que les acarreaban sus funciones, todo por bien cumplir con su cometido, en otras muchas ocasiones, probablemente en la mayoría, el ejercicio de la muerte como profesión, sus relaciones con personas de dudosa catadura y los negocios que mantenían los marginaban irremediablemente.
Muchas personas hubieron de echar de menos la supresión de las ejecuciones públicas en España en 1900. Habían de conformarse, entonces, con esperar a la puerta del presidio hasta que fuera izada la bandera negra que certificaba el cumplimiento de la sentencia, para ver; siquiera, la salida del coche que transportaba el cadaver del reo de muerte.

EJECUTORES DE GRANADA

No han faltado los verdugos en Granada, y menos cuando la ciudad de la Alhambra ha sido principal durante siglos para el sistema administrativo español. Sabemos que la Audiencia granadina una de las únicas cinco sedes con verdugo a fin del siglo XIX. Por ese tiempo ejercía el cargo de ejecutor Lorenzo Huertas, maestro de verdugos, quien aleccionó con su magisterio a Gregorio Mayoral a su vez el más famoso de los verdugos españoles. Después, en 1929, las plazas de ejecutores fueron reducidas a tres, una en Barcelona, otra en Madrid y tercera sin sede determinada. La última normativa regía esta práctica fue establecida por el régimen franquista en 1948. La alarmante falta de ejecutores, en un país de mano dura como era entonces el nuestro, llevó a la autoridad a convocar plazas para cinco circunscripciones: Madrid, Barcelona, Valladolid, La Coruña y Sevilla, donde se incluía Granada., no obstante, la ciudad de los cármenes, de alguna forma no perdió el oscuro privilegio de contar con uno de los últimos verdugos españoles. Y ello porque el aspirante que obtuvo el puesto de la Audiencia sevillana residía en Granada en el momento de su nombramiento. Se llamaba Bernardo Sánchez Bascuñana, héroe de guerra franquista, guardia civil y enemigo declarado de los gitanos y, finalmente, cínico ejecutor. De sus doce actuaciones una se llevó a cabo en Granada, concretamente en 1955, en la persona de Antonio Hernández, condenado por asesinar a tres familiares por cuestiones de herencia. Muchos granadinos recordarán la tétrica figura de Bernardo Sánchez atravesando Plaza Nueva vestido con larga capa oscura, sombrero de alas anchas y gafas de sol, entrando en la Audiencia de Granada, presuntuoso de su condición incluso en el mismo momento de su muerte, acaecida en 1972. Hasta esa fecha ejerció con altanería su cargo este personaje a cuya vista algunos padres asustaban a sus hijos más traviesos.
El caso que ahora exponemos tiene como marco, precisamente , la antigua Audiencia Territorial de Granada o Real Chancillería, en donde una serie de apariciones han hecho creer a varias personas que todavía hoy puede vagar allí el fantasma de un ejecutor vestido con capa larga, sombrero de ala ancha y rostro irreconocible. No en vano, en la Audiencia quedaba reservado un espacio, escondido en recóndito rincón, para que el ejecutor dispusiese de sus enseres.

LA APARICION DE UNA EXTRAÑA FIGURA

Contamos con el testimonio de una antigua limpiadora del edificio, Encarna, de quien preservamos, por expreso deseo suyo, su completa identidad. La aparición contemplada por Encarna se produjo una tarde del final de la primavera de 1988, alrededor de las ocho y media de la tarde, cuando todavía no había anochecido. La limpiadora trabajaba en esos momentos, junto a otra compañera, en una zona denominada el palomar, en la parte superior del edificio. Mientras distraídamente pasaba paño para limpiar una de las ventanas interiores, de ésta le pareció ver una sombra en el piso inferior, en concreto en uno de los pasillos de la zona de la antigua Fiscalía. En un primer momento, Encarna siguió realizando su trabajo sin pensar que sombra fuera otra cosa que la de cualquiera de las personas que deambulaban en esos momentos por el edificio. Sin embargo, al poco, la curiosidad hizo que volviera a acercar la vista a la ventana y viera, esta vez, no ya una sombra sino una figura indefinida.
La figura iba vestida con capa larga y sombrero de alas anchas. Con gran asombro pudo constatar que el rostro del extraño personaje estaba completamente lívido y, si en él presentaba algún tipo de facciones, éstas eran apenas reconocibles. Lo más extraño, no obstante, fue que la limpiadora apreció que entre el borde inferior de la capa y el suelo existía una amplia franja de aire, una distancia de unos centímetros en la que no se dejaba apreciar calzado alguno. Era como si la figura flotara en el aire.
Se sintió alarmada por la aparición al tiempo que un intenso escalofrío de miedo le recorría todo el cuerpo. Pero, de nuevo, la curiosidad pudo más que el pánico. Bajó a renglón seguido las escaleras hacia el piso inferior y, cuando todavía estaba en los últimos escalones, pudo ver con más nitidez al misterioso aparecido. En sus facciones indefinidas no podían adivinarse los ojos, aunque si una inquietante frialdad en el semblante. Encarna se atrevió entonces, casi sin proponérselo, a dirigir sus pasos al lugar donde se encontraba la extraña figura.
En ese instante el aparecido se alejó de su lado de una forma inusual, sorprendente, que terminó por convencerla de que estaba ante un ser de otro mundo. Sin volverse, retrocediendo de cara a la limpiadora, el fantasma comenzó a perderse al fondo del pasillo, en un oscuro vestíbulo que desembocaba en una habitación cerrada a cal y canto. Antes de que el pánico espoleara a Encarna escaleras arriba de nuevo, la limpiadora se atrevió a pronunciar una pregunta al extraño personaje ¿Quieres algo de mí?. Su pregunta no halló respuesta alguna.
Una vez en el palomar, con el corazón latiendo a todo ritmo, con los nervios a flor de piel, comentó con su compañera lo que le había sucedido. La inquietud no hizo sino aumentar cuando las dos limpiadoras cayeron en la cuenta de que el lugar en el que se había perdido la extraña figura al final del pasillo, una vez traspasado el vestíbulo, desembocaba en la habitación destinada a guardar los enseres personales y los instrumentos del verdugo, la misma a la que anteriormente hemos hecho referencia.
Las voces de alarma de las dos limpiadoras llegaron a oídos de los guardias civiles que permanecían en esos momentos en el puesto de vigilancia, situado en el piso bajo. Cuando las limpiadoras se atrevieron a bajar las escaleras y Encarna relató que creía haber sido testigo de una aparición, uno de los guardias civiles preguntó: "¿No vestiría ese fantasma capa y sombrero de ala ancha?". El semblante guardia civil cambió de color cuando recibió una respuesta afirmativa. Según Encarna, este miembro la Benemérita pidió de inmediato en los días siguientes, por propia voluntad, el traslado a otro destino, ¿Sería él también testigo de las andanzas del fantasma del Verdugo de Audiencia, el popularmente llamado "Cortacabezas".
Como consecuencia del suceso, aquel día se quedó sin limpiar el pasillo en el que se produjo la aparición. Encarna asegura también que, como pudo terminó lo más rápidamente su trabajo antes de dar por concluida la jornada. No en vano la limpiadora asegura que, en el tiempo que aún permaneció ese día en la Audiencia, pudo constatar que el ascensor comenzó a funcionar sin que nadie lo manipulara mientras ella se movía de una planta a otra del edificio
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