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EL CONSERVATORIO DE MUSICA DE GRANADA
La primera persona que habló de un fantasma en el Real Conservatorio Superior de Música Victoria Eugenia fue un antiguo director del Centro, Miguel Carmona, catedrático de Música de Cámara, quien prácticamente vivía en el centro dado que permanecía en él incluso durante muchas noches.
Así lo comenta Enrique Rueda, actualmente catedrático del centro, quien al recordar al antiguo director admite que Miguel Carmona contaba las cosas "embelleciéndolas" en exceso, de tal manera que nunca se sabía si lo que decía era exactamente como lo contaba. Eso no significa, por supuesto, que se dudara de su palabra. Aunque el profesor Nicanor de las Heras asegura que don Miguel no mentía nunca, Carmona, hoy ya fallecido, sostenía la teoría de que por el Conservatorio vagaba un fantasma...el alma
en penade un profesor a quien llamaba familiarmente Felipe.
Según sostenía Carmona, hace muchísimos años un profesor de música fue expulsado de su trabajo después de haber entregado toda su vida a la enseñanza. La razón alegada para tal despido era que, pese a sus amplios conocimientos musicales y dilatada experiencia, no poseía título alguno. La música y sus alumnos constituían su mayor ilusión en la vida, por lo que, desposeído de su vocación, murió con gran pena en el alma. Ello ocasionó que,
al pasar al otro lado con tan gran pesar, su espíritu se trasformara en un espíritu errante, que esporádicamente hacia acto de presencia en el mismo lugar al que tan unido había estado siempre: el Conservatorio.
El profesor Nicanor de las Heras, que en aquel tiempo era secretario y subdirector del centro y compartía mucho tiempo con don Miguel, cuenta otra historia diferente. Según él, lo único que comentaba Miguel Carmona, era las distintas veces que oyó tocar en una sala cerrada en el piano un minueto, pieza que sólo había oído tocar en la casa de la anciana profesora Antoñita Bustos.
Pero el misterio va más allá de esta romántica historia contada por el antiguo director. El mismo Enrique Rueda señala que él, como otras muchas personas, ha sido testigos de ruidos y otros fenómenos de origen desconocido en el interior del edificio. Así relata una experiencia vivida en sus propias carnes cuando, en una ocasión, en el invierno de 1988, pudo comprobar cómo se encendía la luz de uno de los aseos, al tiempo que se activaba el mecanismo de la cisterna, para luego volver a apagarse la misma
bombilla. Eso hubiera resultado algo totalmente trivial de no ser porque nadie, excepto él mismo, permanecía en ese momento en el Conservatorio.
Rueda admite que en ese tiempo los cuartos de baño estaban en mal estado, por lo que no parece muy sorprendente el hecho de que la cisterna funcionara sola. Sin embargo, que la luz se encienda y se apague sin presencia de nadie, parece algo mas difícil de explicar, reconoce. Rueda no quiere, sin embargo, pecar de excesivamente crédulo y, ante la falta de pruebas, considera, antes que nada, que aquel fenómeno se debió a un cúmulo de casualidades.
Rueda evoca también que a él y a otros profesores les ha parecido escuchar voces que pronuncian sus nombres. En este caso también se muestra escéptico y apunta a que tales supuestos fenómenos paranormales pueden ser fruto de un estado especial de sobrecarga intelectual, puesto que los hechos suelen ocurrir cuando los testigos llevan tiempo estudiando o realizando alguna otra actividad intelectual.
Sin embargo pese a su escepticismo admite que para él, como para muchos profesores y alumnos del centro, el edificio del Conservatorio parece encerrar un misterio, posee un halo especial que lo envuelve lo hace diferente a otros viejos caserones. Prueba de ello puede ser un extraño fenómeno visto por él mismo en diversas ocasiones, siempre de noche. Rueda ha observado cómo, en el patio del edificio, una ráfaga de viento apartaba las hojas de las plantas de manera que parecía que algo se abría paso. Lo extraño
no era la aparición de tal ráfaga de viento, sino que, cuando ésta surgía, brotaba como de la nada, en noches en los que había una quietud total, cuenta Enrique Rueda.
El catedrático rememora otro fenómeno extraño, de difícil explicación, sucedido en el Conservatorio durante una noche, en la que decidió quedarse estudiando en el centro. En este caso, quien viviría una experiencia extraña no iba a ser él mismo, sino su perra, que esa noche le hacía compañía. Enrique permanecía estudiando en un aula de la primera planta mientras su mascota, llamada Clara, dormitaba tranquilamente junto al piano del aula cuando, repentinamente, el animal dio un salto, se dirigió a la puerta de
la habitación y comenzó a ladrar en el pasillo. ladraba muy nerviosamente, como siempre que se asusta, en dirección a un rincón oscuro del pasillo. Al notar el sobresalto, me levanté y encendí la luz del corredor. No había nada ni se veía a nadie, pero la perra seguía ladrando hacia un punto concreto, situado en el centro del pasillo, completamente aterrorizada, como si estuviera afrontando el ataque de un gran peligro o de otro animal más grande. Al verla, abandoné el edificio, sobre todo porque encontraba que
la perra estaba muy nerviosa, pero también porque yo mismo me asusté, reconoce. Esa noche la puerta del edificio permanecía cerrada a cal y canto.
Un hecho no tanto misterioso como curioso es relatado también por el propio Enrique. Este profesor del Conservatorio comenta que existe entre él y la música de Scriabin una extraña relación que roza lo paranormal. Así lo cuenta: Me ocurre algo raro, dificil de explicar, cuando interpreto en el piano su décima sonata. Esta partitura está llena de contrastes de velocidad muy acentuados, por lo que debo mantener una gran concentración al tocarla. Al llegar a un pianísimo, en el que la música es muy suave me da la
impresión de escuchar extraños crujidos. Particularmente, creo que es sólo una impresión personal debida al estado especial en que me encuentro en ese momento, por el cual es posible que alcance un estado alterado de conciencia, opina. Al tiempo que cuenta esta particular experiencia, Enrique Rueda recuerda que este compositor soviético llegó a afirmar que una vez muerto, volvería a través de su música. El profesor admite que admiraba y conocía la frase antes de notar tan particular experiencia.
Pero, al margen de sus propias vivencias, Rueda asegura haber oído contar a Antonia, la conserje del centro, dos experiencias en principio inexplicables. La primera sucedió en el verano de 1997 cuando, mientras se encontraba a solas en la conserjería, Antonia escuchó caer a sus espaldas un paquete de papel enorme de bastante peso. Sobrecogida por el estrépito se volvió instantáneamente sin hallar rastro alguno del posible origen de aquel suceso. El segundo incidente sucedió en 1998. Una mañana Rueda
encontró a Antonia muy sobresaltada, "blanca como un papel" , justo en el momento en que acababa de subir del sótano, a donde había bajado para encender la caldera de la calefacción. Al parecer había notado pasos a su alrededor, como si alguien la persiguiera. También aseguraba haber sentido el aliento de alguien invisible en su cogote. Estaba tan aterrorizada que pensaba abandonar el Conservatorio en ese mismo momento.
En otra ocasión, dos profesores fueron testigos de otro hecho bastante insólito. Al parecer permanecían en el aula de Música de Cámara, cuando, inexplicablemente, vieron flotar y caer una moneda de cien pesetas desde el techo. Según estos profesores, ellos eran las únicas personas presentes en esos momentos en el Conservatorio, que permanecía cerrado. Además, ni la puerta ni las ventanas estaban abiertas, por lo que parece descartable que la moneda procediera del exterior o de un piso superior. Al parecer,
simplemente surgió de la nada y se materializó.
Otro antiguo profesor, a quien llamaremos J., asegura que, durante el curso 1986-87, cuando se encontraba estudiando en el auditorio notó una sensación similar a la que sentiría cualquiera rodeado por varias decenas de personas. Y sin embargo, no había nadie en ese momento en la sala.
Nicanor de las Heras escuchaba desde su despacho de secretario del centro (1982-1987) cómo, encima de él, en la biblioteca de entonces, se escuchaban pasos de carreras atropellándose. Al menos había dos personas haciéndolo. Al entrar no encontraba nunca a nadie.
Todas estas personas coinciden en afirmar, como ya se ha dicho anteriormente, que el edificio del Conservatorio, el palacio de Caicedo, del siglo XVII, tiene algo especial, una atracción oculta que lo hace diferente a otros lugares, una especie de imantación que atrae a personas ajenas quienes, aunque sólo van de paso, sin proponérselo entran y permanecen dentro durante mucho tiempo, para realizar una visita inusualmente extensa, tratándose de un lugar que no posee un valor artístico tan apreciable
como el de otros monumentos muy cercanos.
MÚSICA INMATERIAL
Un alumno del centro, José Angel Morente, es una de las personas que aseguran haber oído sonar en determinadas ocasiones la música de un piano, allí donde no había nadie. Así, recuerda que, una de estas veces, mientras ensayaba delante del piano en un aula de la tercera planta, le pareció escuchar en la sala contigua a otra persona tocar ese mismo instrumento.
Incluso especuló con que fuera un compañero suyo, quien también ensayaba en ese momento. De hecho, eran las dos únicas personas que practicaban delante del piano a esas horas. En el Conservatorio, además de ellos, sólo permanecía el conserje. Al oír la música no se extrañó, pues sabía que en el aula contigua había un piano. Lo que sí le extrañó algo más fue la gran destreza que demostraba el intérprete al tocar una pieza que, según recuerda, era bastante compleja. Sin embargo al salir vio que la estancia vecina
estaba completamente cerrada. Extrañado, preguntó al conserje si alguien había estado tocando allí, a lo que éste contestó que creía que no, pues nadie le había solicitado la llave de ese aula. Luego vio a su compañero, quien le dijo que, efectivamente había estado ensayando, pero en una planta superior y al otro extremo del edificio. La distancia es suficiente como para descartar que la música consiguiese filtrarse de una habitación a otra con tanta nitidez, tal como si estuviera interpretándose a pocos metros.
Este mismo testigo reconoce haber notado extrañas sensaciones mientras permanecía en su propia casa (puertas que se cierran, muebles que se mueven, etcétera) e incluso en otros lugares. A propósito de esto, relata también una situación vivida por él mismo y otra persona en las instalaciones del Auditorio Manuel de Falla. Ocurrió que ambos se encontraban, el 27 de diciembre de 1992, en un pasillo de la tercera planta. Eran las únicas personas que había en esa parte del auditorio. Todas las dependencias
cercanas aparecían cerradas a cal y canto, cuando, en un momento determinado, los dos presentes escucharon claramente una misteriosa melodía de procedencia desconocida. De hecho, el Manuel de Falla es un lugar del cual se cuentan también fenómenos en apariencia inexplicables. Pero ésa sería otra historia.
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